La relación Maestro/Discípulo en las Artes Marciales

  El es aquel camino de vida que se transita con el objeto de perseguir una mayor perfección espiritual, la cual llegue a redundar en un compromiso para construir un mundo mejor, y teniendo como medio para dicho logro la práctica de una determinada disciplina. En este marco, la relación maestro-discípulo constituye uno de los conceptos esenciales del .

  Más que una abstracción teórica, el vínculo entre el maestro y el discípulo debe entenderse dentro del contexto de un vínculo de vida a vida: dicho lazo entre uno y otro nace a partir de un anhelo ferviente de luchar conjuntamente por la profundización del Dō y el bienestar de las demás personas.

  El verdadero maestro es aquel que, abrazando un ideal propio, enseña al discípulo la forma de lograr dicho objetivo, ayudándolo a percibir sus debilidades y a enfrentarlas con coraje. Por su parte, el verdadero discípulo es aquel que sigue la enseñanza de su maestro; que recuerda que la aspiración de su maestro es también la suya y que — convencido de esta verdad con todo su corazón — se lanza a actuar, sin asomo de dudas, de acuerdo con las instrucciones de su maestro.

  El maestro hace que el discípulo adquiera conciencia de su potencial inherente, el cual le permitirá vencer los obstáculos que se fueren presentando en el curso de la práctica y de la vida, alentándolo a tener convicción en dicha capacidad. En este marco, el mayor testimonio que el maestro brinda a su discípulo es su propia dedicación completa al , a lo largo de toda su vida, la cual resulta en un esfuerzo sincero por la profundización del y por el bien de los seres humanos. Esta constituye la característica de un verdadero maestro del .

  A su vez, el discípulo es inspirado por las enseñanzas y el proceder de su maestro: es el ejemplo de vida del maestro, consagrado a guiar a todos a que superen sus obstáculos, lo que permite al discípulo comprender el concepto abstracto del y profundizarlo. La función del discípulo es esforzarse por la consecución del ideal que comparte con su maestro, y enriquecerlo; si el discípulo no actuase como un agente impulsor en base al espíritu del maestro, el perdería su poder transformativo.

  Es el objetivo compartido y la lucha conjunta de maestro y discípulo lo que establece un lazo de vida entre ambos. Ese lazo, basado en el compromido compartido, es lo que el denomina «inseparabilidad de maestro y discípulo», y que constituye la savia vital del . Físicamente, tanto maestro como discípulo son, por supuesto, entidades distintas. Pero ambos son inseparables en el espíritu, en la postura con la cual uno y otro transitan el .

  La relación entre maestro y discípulo es comparable a aquella entre una aguja y un hilo. El maestro es la aguja y el discípulo, el hilo. Al momento de coser, la aguja va a la cabeza; pero, al final, se vuelve innecesaria y es el hilo el que permanece, encargado de mantener todo unido. El maestro abre el camino y revela los principios, mientras que el discípulo da continuación al esfuerzo del maestro, los aplica y los desarrolla. Así, el compromiso del maestro consiste en transmitir la esencia de las enseñanzas y alentar el desarrollo de su discípulo para que algún día éste pueda superarlo, asegurando así la continuidad del . Forjar un discípulo que supere al propio maestro es la expectativa de todo mentor sincero del .

  Ningún emprendimiento épico puede ser alcanzado en una sola generación. La tradición de transmitir el de maestro a discípulo ha prevalecido a lo largo de los siglos. El maestro enseña al discípulo todas sus aspiraciones y objetivos que ansía lograr porque la vida es limitada, y se necesita pasar el relevo a la generación siguiente, y a la que siga a ésta, para construir algo de valor duradero. Un verdadero maestro exhorta a su discípulo a que lo supere y a que conquiste aquello que él mismo no pudo conquistar; y un verdadero discípulo se esfuerza con sinceridad por responder a esta confianza. Solamente cuando el espíritu del maestro es sucedido por los discípulos y transmitido continuamente, dicha empresa es alcanzada. La repetición de este proceso es lo que permite que el crezca y se desarrolle.

  No hay nada tan inspirador como esta transmisión espiritual en la cual el maestro le confía a sus sucesores la búsqueda y la profundización del . Sin el vínculo maestro-discípulo, todo aquello que emprendamos resultará siendo una simple búsqueda de una satisfacción personal, prescindiendo de ese lazo basado en la confianza espiritual mutua, en la cual dos individuos comparten un mismo propósito.

  Nada grande se logra sin un maestro y, por esa razón, el maestro merece el total respeto del discípulo. Sin embargo, el espíritu auténtico del no lo constituye un vínculo verticalista, en el cual uno sigue ciegamente las órdenes del otro; una relación de superior a inferior, en la cual uno se dice «maestro» y otro  «discípulo», pero sólo de manera formal.

  Tampoco significa que, aunque el maestro sea un modelo para la práctica del , el discípulo deba copiarlo, constituyéndose en un clon del maestro. Un verdadero maestro busca forjar discípulos genuinos, no seguidores que se limiten a imitarlo. Lo importante es que el discípulo rescate del ejemplo del maestro su postura ante el y su perspectiva de vida. Esta interiorización del espíritu del maestro es lo que conduce al crecimiento ilimitado del discípulo.

  Sin embargo, aunque el maestro esté siempre dispuesto a orientar a su discípulo, es responsabilidad del discípulo buscar su guía y aprender de él. La existencia del es incuestionable. El maestro sólo puede enseñarlo: nada puede hacer ante una eventual desviación por parte del discípulo. En este marco, un auténtico discípulo es aquel que se esfuerza de la misma manera que su maestro por profundizar el , manifestando las enseñanzas recibidas tanto en lo marcial como en lo cotidiano. A menos que el discípulo siga al maestro, perderá su camino. De esta manera, la mayor responsabilidad se encuentra en aquel que está siendo enseñado, comprometiéndose a avanzar hacia el fin último que el maestro le señala.

  La relación maestro-discípulo no puede ser entendida a nivel intelectual: es posible «hablar» de la misma, pero ésta debe ser «vivida». Para un discípulo, no hay mayor fortuna que tener un maestro que constituya un modelo a seguir y al cual se le pueda informar el resultado de los propios esfuerzos. Este vínculo que presupone un avanzar juntos (ya que maestro y discípulo comparten el mismo ideal), conlleva también un compromiso de ir profundizando el cada vez más sin desviarse ni caer en la arrogancia.

Marcelo Carballal